El último pogo del jinete: a los 77 años, murió el Indio Solari
Aquí Jujuy
Hay silencios que aturden, y el que acaba de caer sobre la Argentina este viernes 5 de junio es uno de ellos. No es un silencio cualquiera; es el vacío de una garganta que, durante casi medio siglo, le dio voz a los desamparados, a los marginales, a los soñadores y a los poetas de la calle. En su casa de Parque Leloir, a los 77 años, se apagó la vida de Carlos Alberto "El Indio" Solari. Con él no solo se va el cantante de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota; se va el misterio mejor guardado del rock en español, el creador de un culto civil que no conoce de templos pero sí de almas.
El "Míster Parkinson", ese enemigo íntimo al que le dio pelea con una dignidad silenciosa y feroz durante años, terminó por ganarle la última partida física. Pero solo la física. Porque si algo nos enseñó el Indio, es que hay fuegos que no se apagan con un suspiro.
El origen de la mística: Paraná, La Plata y el nacimiento de un mito
Para entender la magnitud del mito hay que retroceder en el tiempo. Carlos Alberto Solari nació en Paraná, Entre Ríos, el 17 de enero de 1949, aunque su geografía espiritual se moldearía poco después en La Plata. Allí, en los efervescentes y peligrosos años 70, cruzó su destino con el de Skay Beilinson y Carmen "La Negra" Poli. Lo que nació como una comunidad artística, de delirio contracultural, cine experimental y performances psicodélicas, terminó convirtiéndose en el secreto a voces más grande del país: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
Los Redondos no eran solo una banda. Eran una forma de resistir. Mientras la dictadura militar apagaba vidas, ellos encendían pequeños refugios de libertad en sótanos oscuros. El Indio, con su calva icónica, sus anteojos oscuros y su pluma críptica y afilada, se convirtió en un chamán urbano. Sus letras no se explicaban; se sentían. Hablaban de lobos sueltos, de corderos atados, de la alienación de las pantallas y de la belleza de los perdedores hermosos.
La explosión y la consagración del "pogo más grande del mundo"
Con discos que hoy son pilares de nuestra identidad, como Gulp! (1985), Oktubre (1986) y Un baión para el ojo idiota (1988), la banda dejó el circuito subterráneo para llenar estadios. El fenómeno creció tanto que se volvió indomable. Las "misas ricoteras" se convirtieron en peregrinaciones masivas de jóvenes de todas las provincias que viajaban en trenes, colectivos destartalados y a pie solo para comulgar bajo su voz.
En el clímax de esa locura, sonaba "Ji Ji Ji". Esos acordes de Skay y el grito del Indio desataban lo que la historia de la música bautizó como "el pogo más grande del mundo": una marea humana de decenas de miles de personas saltando en una comunión tan violenta como amorosa.
Tras la dolorosa e irreparable separación de la banda en 2001, el Indio no se recluyó en la nostalgia. Refundó su fe junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, editando cinco discos de estudio memorables y demostrando que su convocatoria seguía siendo un milagro sociológico inexplicable para los analistas de siempre. Cuando su salud le impidió volver a pisar las tablas tras aquel masivo e histórico show en Olavarría en 2017, siguió estando allí, apareciendo como un holograma o prestando su voz desde las sombras de su estudio.
El adiós al hombre, el nacimiento de la leyenda eterna
Hoy las banderas de los barrios están a media asta. Las esquinas huelen a luto y en los auriculares de miles de trabajadores que viajan apretados en el transporte público suena, quizás con una lágrima contenida, "Juguetes perdidos" o "Esa estrella era mi lujo".
El Indio Solari se fue físicamente, pero nos deja una cartografía emocional de la que es imposible desmarcarse. Nos queda su voz de barítono inconfundible, su ironía elegante, su negativa sistemática a transar con el poder y, sobre todo, esa complicidad inquebrantable con su gente.
Hoy la música argentina se queda un poco más huérfana, pero en algún rincón del aire, entre el humo de los escenarios y el sudor de las almas que alguna vez saltaron juntas, su voz seguirá resonando para recordarnos que ciertos fuegos no se encienden frotando dos palitos.
Buen viaje, Indio. Gracias por habernos hecho sentir menos solos en este mundo.

